MARIANO ESCOBEDO: Frijolillo, comunidad reflejo de la pobreza extrema y el abandono institucional

El campo a veces no da ni para autoconsumo; no hay medicinas suficientes y en ocasiones ni doctores Para llegar al Hospital de Río Blanco se hacen casi una hora de traslado

Zona Centro

- 2012-01-31

La pobreza se respira en cada esquina, en cada casa de lámina, en cada hectárea abandonada por los hombres. Se aprecia en la vestimenta de niños sonrientes ajenos a los problemas de los mayores, se plasma en la mirada de la mujer preocupada en el alimento del día y en los hombres desesperados porque sólo consiguen trabajo cada tercer día, por apenas $120 el jornal.

Aquí, para atender a las embarazadas y a los pacientes graves, hay que viajar una hora hasta el Hospital Regional de Río Blanco, pues la clínica del Sector Salud sólo es de "consulta" y en ocasiones no hay medicinas ni médico de planta que los atienda.

No se trata de la sierra de Zongolica ni de una comunidad distante de algún municipio indígena, es la comunidad de Frijolillo, perteneciente al municipio de Mariano Escobedo, ubicada apenas a 40 minutos de la carretera Orizaba-Mariano Escobedo, pero cuyas limitantes socioeconómicas laceran a mil familias.

Amas de casa lamentan que estando tan cerca de la cabecera municipal, las carencias y el abandono institucional sea equiparable con alguna comunidad enclavada en Zongolica.

"No hay doctores, no hay medicinas, para llegar al hospital más cercano hay que viajar en autobús una hora, incluso las embarazadas cuando sienten los dolores de parto, tienen que movilizarse en taxis, vehículos particulares o en los autobuses, no hay otra forma aquí", lamenta doña María Inés.

Los niños crecen en base a verduras, al maíz que se cultiva para autoconsumo, de legumbres que se cosechan a traspatio, de algo de pollo y muy, pero muy poca carne roja, la cual es un lujo para las familias, sobre todo para aquellas que dependen de un salario de $120.00 que obtienen cada tercer día.

Aquí, dice don Alberto, los jóvenes emigran a la Ciudad de México para emplearse como albañiles, vienen cada semana o quincena a dejar dinero a sus familias, los de mayor edad ya no explotan el campo porque las sequías y las heladas han acabado con lo poco que se tenía y no se ha tenido el apoyo suficiente para recuperarlas.

Lo que se cosecha, dice, es para auto consumo, a veces no se da nada en el campo y no hay nada que llevar a la mesa, por lo que buscan emplearse en otras cosas pero apenas obtienen una oportunidad cada tercer día.

De esta comunidad, dicen, son pocos los políticos que se acuerdan de ella, son pocos los que están pendientes de sus necesidades sociales y mucho menos los que regresan a ellas con ayuda, casi humanitaria, para apaciguar la pobreza, al menos por unas horas.

Aquí, los días se van entre la desesperanza y la desilusión, las familias se levantan temprano, los hijos van a la escuela, las amas de casa tratan de estirar el gasto y ver qué pueden hacer de comer con tan limitado presupuesto.

Los hombres se truenan los dedos, se reúnen en las esquinas con los amigos y compañeros para ver las oportunidades laborales del día, de inmediato buscan unos pesos.

Voltean al campo, los pocos hacen labores culturales en sus parcelas, otros ven que frutos se pueden cosechar y los más jóvenes, ya no ven las oportunidades de su tierra, quieren emigrar al igual que otros adultos.
El silencio de la pobreza, sólo es roto por las risas y juegos de los niños, que pese a sus vestimentas sucias, desgatadas por tanto uso, no se preocupan por el futuro, sólo quieren disfrutar el presente antes de que el hambre los lleve a su casa, a preguntar qué se va a comer.

En esta comunidad, cada familia tiene en promedio seis hijos, las acciones de planificación familiar no han incidido en la cultura de la población, la cual comparte espacios limitados para el desarrollo individual de los niños y niñas, compartiendo reducidas habitaciones y camas, pero nada de eso, les roba las ganas de ser felices, al menos por hoy.

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