PAPANTLA: Niños Voladores de Papantla, herederos de un Patrimonio Intangible de la Humanidad

Realizan ceremonia del corte, arrastre y colocación del palo y el majestuoso vuelo del agradecimiento

Zona Norte

COMUNICADO - 2012-06-06

Los niños del Totonacapan son herederos de un Patrimonio Intangible de la Humanidad. A través de la tradición oral, reciben la riqueza de una de las ceremonias ancestrales emblemáticas de Veracruz y de México. En la feria de Corpus Christi, los protagonistas de la ceremonia del corte, arrastre y colocación del palo y del majestuoso vuelo de agradecimiento fueron ellos, los niños voladores de Papantla.

El ritual comenzó por la mañana con la selección, danza y reverencia en torno al palo volador, como lo marca la tradición, en la comunidad de El Remolino. Ya sin ramas ni follaje, el palo volador fue arrastrado desde la calle 16 de Septiembre hasta la plaza Leyenda de la Vainilla, frente al parque Israel C. Téllez, en el centro de la ciudad.

Con el auxilio de pequeños troncos a manera de rodillos, se deslizó y fue jalado por los hombres de la comunidad hasta el centro de dicha plaza para ser sembrado en medio de una ceremonia que inicia con la expedición de búsqueda del palo. Es un ritual envuelto en el misterio de los signos, el misterio de la vida, el misterio del hombre.

A las tres de la tarde, los niños voladores, de entre 10 y 13 años, encabezados por el caporal, Ricardo Villanueva Santés, de 17 años, escalaron el mástil hasta el tecomate, principal punto de apoyo y equilibrio de los danzantes, para lanzarse al vacío, sujetos únicamente por los cables de lazo amarrado y enrollados a los trinquetes.

Cientos de visitantes y papantecos contemplaron el vuelo de los pequeños que, ataviados ya no con disfraces elaborados con plumas de aves, sino con la indumentaria de los indígenas totonacas encima de sus tradicionales prendas de manta blanca, rasgaban los aires, como entonando en silencio un himno a la vida.

Los niños voladores multiplicaban la presencia del Sol desde los espejos redondos que portaban en el pequeño penacho multicolor en forma de abanico que simula el copete de un ave y que simboliza los rayos solares. Desde la cima, más cerca del cielo, el caporal, con un tamborcillo de madera y un flautín de carrizo, imploraba la benevolencia de la naturaleza para que conceda lluvias generosas a la tierra.

Con este ritual ancestral, los habitantes del Totonacapan celebraron una jornada más de festividades de Corpus Christi, amalgama de culturas, encuentro de cosmogonías, manifestación de la fe perpetua de un pueblo que sabe trascender el tiempo y el espacio y encontrarse con lo sobrenatural.

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