El 68 en Xalapa: nunca tuvimos tanta desconfianza del futuro como entonces

+ 26 de Septiembre, 44 años después + A los maestros Salvador Bouzas Guillaumín y Carmen Delgadillo

Zona Centro

José Luis Salas Torres - 2012-09-26

Cada año, por estas fechas, acostumbro echar una mirada al pasado desde la perspectiva del movimiento estudiantil de 1968. A la luz de los últimos acontecimientos, donde miles de estudiantes han vuelto a salir a la calle en demanda de apertura y democracia, encuentro algunas coincidencias en esta brecha generacional. Sin embargo, como entonces, sigo pensando que la legitimidad del movimiento la establecen las causas, no las acciones.

Acaso, el 19 de mayo pasado, en punto de las 20:48 horas, vio la luz un movimiento original y auténtico, apartidista en un principio, alimentado por una nueva generación de jóvenes ávidos de cambio. Bajo las siglas de #Yosoy132, universitarios de escuelas públicas y privadas sacudieron la conciencia de una sociedad hasta entonces apática, en medio de un proceso electoral.

Como entonces, tendrán que encontrar su propio camino. Deberán entender su tiempo y cambio que requiere un país contemporáneo. No cabe la nostalgia sino la voluntad de un cambio verdadero, donde las demandas correspondan a una causa justa y compartida que alimente la solidaridad y no engendre violencia. Será el tiempo, una vez más, el que decida si lo lograron.

Cuatro décadas antes, no teníamos ante nosotros la simpatía y escrutinio de los medios de comunicación; la fuerza de las redes sociales o los espacios públicos para debatir y protestar. Eso nos hacía más vulnerables ante un régimen autoritario, donde la democracia sólo era una expresión y las elecciones libres una utopía.

Como en casi todas las partes del mundo, Xalapa fue cuna de una generación estudiantil del 68 progresista, de estudiantes destacados que tenían el reconocimiento y simpatía de los ciudadanos; era la época en que estudiantes marchábamos por las calles, despojados de violencia y con una causa justa a cuestas.

Nuestra causa era la misma que movilizaba a miles de jóvenes en la capital del país. Si bien en Xalapa no había una exigencia específica en contra del Gobierno del Estado ni de la policía de seguridad pública, sí nos unía el espíritu de libertad y el rechazo a la represión ejercida al amparo de la ley. No podíamos permitir la injusticia oficializada.

El bazucazo a la preparatoria uno de la UNAM había lastimado a todos. Para el gobierno, la exigencia de castigo a los responsables se convirtió en disolución social. Por eso, arropamos los seis puntos del pliego petitorio del Comité de Huelga donde se demandaba, entre otras cosas, la destitución de jefes policíacos, indemnización a las familias de los agredidos, la liberación de presos políticos, reformas a leyes que facultaban al Estado a perseguir y reprimir.

La demanda de derogar los artículos 145 y 145 Bis del Código Penal Federal tenía como objetivo evitar la existencia de presos políticos y de conciencia, lo cual finalmente se logró en 1970, como justo reconocimiento a las peticiones del movimiento estudiantil del 68.

Eran los últimos días de septiembre de ese año, cuando Veracruz vivió un súbito e instantáneo clímax del movimiento estudiantil. Si en Tlatelolco el 2 de octubre no se olvida, para muchos estudiantes veracruzanos, la persecución y la cárcel llegaron días antes, el 26 de septiembre, cuando se impidió la última marcha del comité de huelga.

Corrían los días del gobierno de Fernando López Arias, un experimentado político que había sido Procurador General de la República y se había distinguido por su mano dura. Así nos lo hizo sentir.

Hasta entonces, ninguna cátedra, ningún mentor, había logrado explicar con precisión la referencia a la fuerza del Estado. Lo aprendimos a golpe de tolete, en las calles, para no olvidarlo jamás.

Los medios que hoy satanizan la represión, en ese entonces sólo concedían tímidamente algunos espacios para documentar nuestras actividades. Los más, antes y después de la marcha del 26 de septiembre, se entregaban sin recato al discurso oficial de la sedición, de la traición a la patria. De la persecución, creían que era lo menos que merecíamos.

Antes de la llegada de septiembre, cientos de estudiantes ya habíamos salido a las calles, de manera pacífica, a demostrar nuestro apoyo al movimiento que crecía en la Ciudad de México. La tolerancia de la autoridad parecía suficiente para evitar llegar al conflicto –ya se habían realizado más de una decena de marchas-. Pero no fue así.

El 68 había sido un año de cambios, cambios en la sociedad y en la universidad, cambios que empujaron por igual nuevos modelos educativos que a una huelga en julio que redujo el semestre a pocas semanas de clases.

A punto de concluir septiembre, con el movimiento estudiantil a la alza, los dirigentes de los comités de huelga decidimos realizar una nueva marcha el día 26, misma que partiría de las facultades de Filosofía y Letras, -entonces en la calle de Juárez- y la facultad de Derecho, en la zona universitaria, para coincidir en la Plaza Lerdo. En sólo unas horas, nos envolvió un vértigo de acontecimientos que aún hoy nos estremece.

En respuesta a nuestra inquietud de realizar la marcha, el alcalde xalapeño, Othoniel Rodríguez Bazarte -maestro de la Facultad de Derecho, muy reconocido y querido por la comunidad estudiantil- envió por escrito una negativa contundente al Comité de la Facultad de Derecho, lo que sería más tarde la prueba documental para acreditar el delito de desacato a un mandato de la autoridad, por el que muchos compañeros serían perseguidos y encarcelados.

Fue cuando conocimos la fuerza del Estado. Desde palacio de gobierno, el Gobernador hizo una convocatoria urgente a los 40 principales líderes del movimiento estudiantil en Xalapa; la entrevista se convirtió en un monólogo de autoridad y fuerza en el que no hubo espacio para negociación alguna.

Así lo recuerdo. Eran las 2:30 de la tarde; con gesto adusto, López Arias se refirió a la tolerancia que había observado su gobierno al movimiento estudiantil, pero que ante la inminente movilización del ejército en varias plazas del país, no se permitiría una marcha más, con lo que se iba a demostrar que Veracruz era capaz de salvaguardar el orden y sus instituciones con sus propios medios de seguridad.

“…El estado de Veracruz es primero y contra él, nadie tiene la razón…”, sentenció, aludiendo a lo que había sido su lema de campaña electoral. Hubo un breve silencio. Sin duda, López Arias entendió las razones y nos expuso las suyas, no habría una protesta más. En caso contrario, de celebrarse la marcha, nos pidió integrarnos a la primera fila del contingente y evitar incluir en ella a mujeres y niños; íbamos a conocer la fuerza del estado. La sentencia estaba dictada.

Entre las seis y ocho de la noche Xalapa vivió la peor represión de su historia. Dos millares de estudiantes y algunos maestros intentaban dispersarse en medio de una nube de gases lacrimógenos que habían logrado disolver la marcha. Era la fuerza absoluta del Estado.

Civiles corrían a esconderse a comercios y a la Catedral. Conforme se disipaban los gases se observaba a personas que intoxicadas o lesionadas se refugiaban en otros edificios cercanos. La violencia fue igual para todos, incluso para quienes no participaban de la marcha. No estábamos preparados para eso; nos replegamos y huimos en todas direcciones. Algunos, incluso, fueron detenidos más tarde en las propias instalaciones de las facultades, entre ellos, maestros simpatizantes del movimiento. Ya entrada la noche, el ejército realizó un discreto recorrido por el centro de la ciudad.

Sin duda, la violencia absoluta infundió un temor desconocido. Nunca tuvimos tanta desconfianza del futuro como entonces. El movimiento estudiantil en Xalapa terminó esa tarde del 26 de septiembre. El mes de octubre fue una larga anécdota donde el vértigo sólo se apoderó de unos cuantos. La universidad se convirtió en un espacio ajeno. Nunca volvería a ser la misma.

La mañana de aquel fatídico 2 de octubre en Tlatelolco, Xalapa estaba intentando sanar sus propias heridas. Los diarios locales informaban en su primera plana de la “completa paz en las aulas universitarias”. Era la paz del tolete.

Luego de rendir declaración preparatoria, la mayoría de los 65 estudiantes y 6 maestros que habían sido detenidosobtuvieron su libertad bajo fianza, aunque continuaron procesados en las Causas Penales números 478/968, 479/968, 480/968 y 481/968, no sin antes advertirles que tenían que abandonar la ciudad, como ya lo habíamos hecho muchos otros. Por varios conductos, el gobierno estatal nos hizo saber que en caso de regresar a la ciudad seríamos detenidos, lo que sucedió con algunos de ellos.

Para todos los maestros y estudiantes que estaban en libertad bajo caución, los efectos legales se cancelaron a la llegada del gobernador Rafael Murillo Vidal quien, como primer acto de gobierno el 1° de diciembre de 1968, ordenó al Procurador, Licenciado Antonio Campillo Sánchez, que se desistiera del ejercicio de la acción penal, por lo que se dictó un auto de sobreseimiento que tuvo efectos de sentencia absolutoria.

Este otoño se cumplen ya 44 años de aquélla jornada histórica. En cuatro décadas no se ha vuelvo a conocer tal nivel de organización social y de participación estudiantil arropando una misma causa.

Tampoco se ha conocido de la fuerza absoluta del Estado trasladada a las calles en forma de represión. Conservamos la huella de una generación que distinguió valores y principios; ello nos conserva juntos aún. El tiempo nos dio la razón.
_________________

JOSÉ LUIS SALAS TORRES: Secretario del Comité de Huelga de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana en 1968; actualmente es Consejero de la Judicatura del Poder Judicial del Estado de Veracruz de Ignacio de la Llave.

TEMAS RELACIONADOS:

|