Pico de Orizaba. Los hijos del volcán, entre la tala y el 'narco'
+ La cuota de soledad que exige la gélida montaña se la da gustoso el gobierno, que tiene en el abandono y a expensas de poderosos taladores ilegales a 27 mil pobladores y 49 comunidades en las faldas del volcán.
Zona Centro
SAMUEL MAYO / Milenio.com - 2013-01-27
Los cascos de un caballo resuenan sonoros entre el bullicio de los comerciantes. El jinete camina frente a él, asido a las riendas, con las botas cubiertas de barro y medio rostro bajo un sombrero de palma. A su lado, decenas de campesinos transitan bajo la bruma cargando su cosecha a la espalda. Las calles huelen a café y tierra húmeda. Es lunes, día de tianguis.
Emplazado en la ruta conocida como Bosque de la niebla, Coscomatepec es la última villa de abastecimiento antes de adentrarse por la cara oriental del Pico de Orizaba, al oeste de Veracruz. El trayecto hacia la cumbre del volcán más alto de México (cinco mil 747 metros, la tercera montaña más elevada de América del Norte), se estrecha por caminos de tierra y cultivos de chayote. El reguero de comerciantes desaparece ante un paisaje agreste, desolado, con pronunciadas quebradas de piedra y conatos de lo que antaño fueron bosques frondosos.
Dice la leyenda que una guerrera olmeca llamada Nahuani falleció en esta zona oriental del país durante una cruenta batalla. Viajaba con ella como guía y consejero un halcón llamado Orizaba. Al morir Nahuani, el halcón se elevó hacia el cielo y se dejó caer en picada atravesando la tierra para hacerla emerger en forma de montaña. Años más tarde, los aztecas dieron al volcán el nombre de Poyautécatl: El Señor de la niebla.
Con las mejillas quemadas por el frío, los “hijos” del volcán caminan a orillas de los barrancos. Se cubren con ropa terrosa, holgada o pequeña, dependiendo de los inviernos que han pasado sin ver una cruzada benéfica. La naturaleza, dicen, reverdece el alma, aunque en su estado más primitivo reclama su cuota de soledad. No quiere intrusos, no les da nada.
En las faldas del volcán hay alrededor de 27 mil habitantes retando el ascetismo de esa montaña. En total 49 aldeas (entre Puebla y Veracruz), distribuidas por las laderas volcánicas, con hombres y mujeres que viven como pueden. Una parte de ellos abandona las montañas para buscar fortuna en el norte, otros cultivan flores, luchan contra la tala ilegal o se suman a ella; la mayoría, ve cómo el viento o el frío acaba a menudo con su cosecha de maíz. Contagiados por el silencio volcánico apenas hablan, no creen en la necesidad de la palabra.
CUANDO NO LO TUMBA EL VIENTO…
En la escuela de San Miguel Tlacotiopa, en las inmediaciones del volcán, la infancia tiene los días contados. Muchos niños y niñas celebrarán su boda al salir de la escuela, con 12 o 13 años. Entonces ellas irán a casa del novio para iniciar un ciclo de vida prematuro. Con la boca cubierta por rebozos, tres madres tratan de explicar un lugar que solo se entiende con dos palabras: aislamiento y madera.
Los lugareños elaboran cajas de carga en un proceso en el que participa toda la familia, desde la abuela que acarrea en alforjas las ramas taladas, hasta el niño que dedica las tardes a cortar leños y pulirlos. “También cultivamos maíz…”, dicen, “cuando no lo tumba el viento”.
Las cifras apenas han cambiado en los últimos 15 años: 90 por ciento de la población en situación de pobreza (según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Coneval), elevados índices de migración, deserción escolar e incidencia de enfermedades respiratorias agudas (Iras). Comunidades como Miguel Hidalgo y Costilla, a tres mil 400 metros, viven más de la mitad del año bajo temperaturas extremas.
El volcán sigue reclamando su cuota de soledad, y el gobierno se la da gustoso, olvidando que hay cerca de 30 mil almas viviendo a sus pies. “Los ejidos están en áreas inhóspitas. Apenas reciben el programa Oportunidades porque no son grupos étnicos. Es una guerra perdida”, afirma Ricardo Rodríguez Deméneghi, miembro de la dirección nacional de la Cruz Roja durante 18 años y actualmente titular de Turismo en Orizaba.
No hay un criterio uniforme sobre el origen de estas comunidades. Algunos cronistas locales se remontan a la época colonial y al desplazamiento de indígenas hacia las laderas volcánicas. Otros opinan que una parte fueron campesinos procedentes de Oaxaca, Guerrero o del propio estado de Veracruz, quienes ocuparon esa zona en los años treinta, al ser beneficiados con tierras durante la Reforma Agraria.
Desde principios del siglo XIX, el volcán sirvió de refugio a desheredados e insurgentes como Miguel Montiel, un afamado bandolero que en 1810 se unió a las fuerzas independentistas. El cronista orizabeño don José Romero, de 81 años, recuerda al general Rodolfo Lozada y su “ejército de insurgentes” durante la Revolución mexicana. “Hasta el final de sus días movilizó a hombres armados y a caballo procedentes del volcán”.
Actualmente, de los 27 mil habitantes distribuidos a los pies de la montaña, aproximadamente dos tercios habitan en la parte administrada por el estado de Puebla; el resto, en Veracruz. Las comunidades orientales, de entre 300 y 600 personas, concentran los mayores índices de pobreza y desidia administrativa. “Hay consultorios médicos caminando a dos horas. Sin comida ni otras opciones, la gente empieza a talar para ganarse la vida. Con un hijo enfermo, no hay mucho que pensar”, afirma Héctor Rojas, subdirector en la zona de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).
La Conanp cuenta, en el Parque Nacional Pico de Orizaba, con seis trabajadores para un área de 19 mil 750 hectáreas, una superficie mayor a la de municipios como Xalapa o Córdoba. Según Rojas, en los últimos 12 años el parque ha perdido entre 10 y 15 por ciento de su cobertura forestal. La mitad del tiempo, explica, su equipo realiza trabajo social. La otra mitad, rellena formularios. “El pretexto es la conservación, pero realmente es un negocio. Tenemos un presupuesto anual de 200 mil pesos que se va, la mayor parte, en alquilar la oficina, pagar la luz, el teléfono o la gasolina”.
Los programas de subsidio se basan solo en labores de restauración y conservación de ecosistemas, e incluyen a trabajadores locales para su desarrollo. Los aldeanos cobran 57 pesos diarios (el salario mínimo oficial) por trabajos temporales de tres meses sin seguro social. Iniciativas federales como la de 2011, en la que Calderón anunció la reforestación nacional de un millón de hectáreas en un año, se convirtieron finalmente en una pantalla propagandística. “Se plantaron árboles con tres centímetros de altura. El 70 por ciento de esas plantas están muertas”, afirma Rojas.
“ESTÁN SANGRANDO EL VOLCÁN”
En tres horas el frío incomoda. En seis resulta irritante. Nueva Vaquería, la penúltima comunidad en la parte oriental del volcán, está emplazada sobre una enorme explanada de tonalidades blancas y amarillas, pero sobre todo, sobre un frío sempiterno. Las poco más de 30 casas de madera están dispersas y la gente mira con desconfianza. Aquí las visitas son a menudo inesperadas, simple y sencillamente porque nunca llegan, o no deberían llegar.
Si el lugar se cubriera de nieve podría parecer uno de esos campamentos de Yukón descritos por Jack London a finales del siglo XIX. No hay aventureros llegando a los límites del continente norteamericano en busca de oro, pero si la estampa de una vida que parece estar de paso, esperando una oportunidad que tampoco llega.
Las limitadas expectativas laborales han embarcado a una parte de la población en la tala ilegal. Entre los años cincuentas y ochentas, el Pico de Orizaba se convirtió en un suelo de vocación maderera, un reclamo que ha continuado hasta hoy. Según la Comisión Nacional Forestal (Conafor), se pierden más de tres mil hectáreas de bosques y selvas en todo el estado de Veracruz por tala ilegal o proyectos urbanísticos, entre otros factores.
La Conanp tiene localizados en la actualidad los puntos donde las industrias madereras, incluyendo agentes armados, ingresan a las áreas protegidas para extraer la madera. “Muchos ya están armados y hacen la función de vigilancia. La última vez que subimos a Potrero Nuevo, en La Perla, lo hicimos con el Ejército”, afirma Rojas.
H. no puede hacer público su nombre. Si lo hace, dice, “estoy en problemas”. Cada pocos segundos, H. mira inquieto hacia un lado y a otro. Ya ha sido amenazado por su empeño de impedir que los madereros entren al área protegida del volcán. Los propios habitantes de la comunidad de H. forman parte de programas para la reforestación. Se han organizado, con muchas limitaciones, para denunciar la tala clandestina. “Entran 100 bestias diarias y algunas las matan de cómo las cargan. He visto entrar hasta 12 o 13 motos, armados. Derrumban los árboles sembrados… Están sangrando el volcán”.
En un reporte publicado por MILENIO Diario el pasado seis de enero, se alertaba sobre la incidencia del narcotráfico en áreas naturales protegidas. Según registros de la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena), en los últimos seis años el ejército halló 109 laboratorios clandestinos de droga en espacios administrados por la Conanp. La industria maderera que opera en la región de Orizaba, según Rojas, lo hace bajo una clandestinidad relativa. “Hay muchos agentes implicados. Si quieren contar con la ayuda de la policía municipal se encuentran con que está coludida con los madereros”.
La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), organismo encargado de sancionar este tipo de actividades, dispone de no más de 10 inspectores para todo el estado de Veracruz, que incluye el Parque Nacional del Pico de Orizaba y el Cañón de Río Blanco, de 48 mil hectáreas. “El maderero está protegido a otros niveles. Al que sancionan al que trae un burro cargado de leña, no a los que están arriba. En el área natural, si detienen a un maderero, vota un diputado”, afirma Rodríguez Deméneghi.
Según el funcionario local, las aportaciones económicas del Sistema de Agua y Saneamiento (SAS), orientadas a conservar los mantos freáticos procedentes del volcán y que abastecen de agua al puerto de Veracruz y Boca del Río, han sido una forma de remunerar económicamente a la población local, aunque no es suficiente. “Con la tala se sacaban 80 pesos diarios. El SAS les está ofreciendo 120, aunque beneficia a menos de 10 por ciento de la población”.
Los diputados son especialistas en hacer campaña en la región llevando lapiceros y cuadernos a escuelas sin aulas ni aseo; cuando pasan las Navidades, o lo tiempos de campaña electoral, los niños vuelven a vagar a orillas de los barrancos. La naturaleza más adánica, la original, no admite corbatas, y sí parece engalanarse con la desnudez y las botas sucias, como las del general retirado de la Revolución, Rodolfo Lozada. El anciano murió en 1968 en una choza de La Perla, recuerda Romero, “solo con un catre, una mesa y una silla”. Desde entonces, el volcán sigue reclamando su cuota de soledad.