Carnaval, el evento más alegre de los veracruzanos
+El tercer paseo, más intenso, más vivo
Zona Centro
COMUNICADO - 2013-02-11
Espacio donde los desconocidos se encuentran, momento único en el que la juventud, el ritmo y el calor de la ribera inundan los cuerpos y los ponen a bailar, que ilumina la noche y enciende las tardes, el Carnaval de Veracruz se consolida como la fiesta más alegre del mundo, emblema del pueblo veracruzano.
En el tercer paseo de las fiestas carnestolendas, que inició en la avenida Jesús Reyes Heroles y concluyó en el Club de Yates, todas las comparsas participantes hicieron derroche de energía, baile y de una intensa interacción con el público asistente.
La noche renueva el ánimo y repone las energías de miles de bailadores, acróbatas, músicos, que han hecho de Veracruz un tapiz humano que pinta los labios de la ciudad al pie del mar. El pavimento del boulevard Manuel Ávila Camacho se encontraba cubierto por miles de almas que en medio de la algarabía hacían realidad el Carnaval 2013.
Un grupo de octogenarias bastoneras es de los primeros en participar, mujeres de piel morena, cuya edad parece, paradójicamente, el motor de su baile; sonrisas, gusto por la noche de protagonismo y la hermandad que se crea, son el sello de su comparsa. Los aplausos del público y las muestras de cariño se desbordan; son un ícono del paseo, personalidades de la ciudad.
Al frente de otra comparsa destaca un adulto mayor, con una corona montada y porta un banderín, mientras realiza pasos un vertiginoso zigzag por el carril deja ver la juventud en su alma; no titubea al bailar, exige aplausos y el público se los entrega, junto con un aullido ensordecedor que lo aclama.
La fiesta entra en calor, en medio de la noche con fresca brisa; el sol ha cedido su palco de honor a la luna que desde lo alto ilumina tímidamente la ruta del paseo. Abajo, el baile está en grande; la gente insiste en bailar dentro de las filas del paseo; la música les brota del cuerpo; la noche es intensa.
Durante las tres horas que tardó el paseo, el público no dejó de aplaudir y de gozar. Los grupos de jóvenes con neveras de unicel en lo alto de la cabeza esperan un espacio entre comparsa y comparsa para unirse al grupo de amigos que se encuentra del otro lado.
Cuando se reúnen, bailan y hombres y mujeres que no se conocían pero ahora se hablan al oído, para tener los datos básicos de la pareja de baile. “¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas?” es el mínimo requerido para tener en claro ante quien están sacudiendo los hombros al ritmo de los tambores que ejecutan la canción de María Caracoles.
La fiesta es de todos. Los jóvenes extienden la mano, en una competencia por ver quién estira el brazo en mayor medida para atrapar el souvenir que una chica lanza desde lo alto del carro alegórico.
Durante el día, el sol pinta de colores los carros alegóricos y en la noche se iluminan con la luz artificial. La enorme cabeza de un arlequín que lanza burbujas desde la boca tiene un tono diferente; la noche se transforma, se renueva.
La gente insiste en bailar, tres comparsas hacen una prolongada pausa durante el recorrido, entonces la música penetró más en las almas y la intensidad del baile aumentó. Al final, era un mano a mano, bailadores del cemento contra la energía danzante de las gradas.
Uno de los carros más llamativos y que a su paso generó una lluvia de destellos de las cámaras fotográficas fue el que representó a la Cumbre Tajín. Cuatro voladores de Papantla eran el centro, jóvenes ataviados como deidades prehispánicas y una réplica a escala de la Pirámide de los Nichos recordaron a todos los asistentes ese importante evento que se realizará próximamente.
Los niños bailaban desde el templete; los padres les sacaban fotos. Algunas personas caminaban de ida y vuelta el mismo camino buscando al “señor de las frituras” que no aparecía. Otros se adelantaban a la salida para no verse inmersos en el remolino humano del fin del paseo.
Elementos de la Marina-Armada de México, Policía Naval y de Seguridad Pública del estado mantenían el orden. En más de una ocasión se les vio retirando a jóvenes del público que pretendían ingresar a las comparsas. Los asistentes les aplaudían.
En medio de una intensa lluvia de confeti de papel de china, de los tambores africanizados, al ritmo de batucada, de merengue, salsa, danzón y son cubano, el Carnaval se alejó. Los carros alegóricos dejaron detrás grupos de improvisados bailadores que aprovechaban la estela de música que como barcos iban pintando a su andar. Después llegó el silencio y la calma que antecede al amanecer.