El 68 en Xalapa. La causa que se niega a convertirse en recuerdo
26 de Septiembre, 45 años después
Zona Centro
José Luis Salas Torres* - 2013-10-01
A Raymundo Flores Bernal
Hace 45 años, la apacible tarde de un otoño incipiente fue sacudida por un golpe de autoritarismo. En medio de la confusión y el temor, decenas de estudiantes fuimos protagonistas en Xalapa de uno de los desencuentros más importantes entre la sociedad y su gobierno. Una vida después, la causa que alimentó el movimiento estudiantil del 68 se niega a convertirse en un recuerdo que sólo mueva a la nostalgia.
Como cada generación, nosotros también tuvimos ideales de lucha; salimos a las calles a gritar consignas, con una visión liberal en un país, cuya estabilidad económica y social, ocultaba el rostro verdadero de un Estado centralista y autoritario. Como entonces, sigo pensando que la legitimidad de un movimiento la establecen las causas, no las acciones.
No aspirábamos a la anarquía sino a la justicia. No queríamos la confrontación sino un espacio para ser escuchados. No imaginábamos, la mañana de ese 26 de septiembre, que el Estado nos iba a conducir en la dirección contraria. Antes de caer la noche, las calles del corazón de Xalapa se convulsionaban ante el temor a una violencia desconocida. A golpe de tolete, cerramos un capítulo que marcó nuestras vidas para siempre.
Al igual que en muchas partes del mundo, Xalapa fue cuna de una generación estudiantil del 68 progresista, de estudiantes destacados que tenían el reconocimiento y simpatía de los ciudadanos; era la época en que los estudiantes marchábamos por las calles del mundo, despojados de violencia y con una causa a cuestas.
De nuestra protesta no hubo parangón ni antes ni después. En su propia circunstancia, nuestra lucha no se escondía tras un pañuelo, tras el efecto mediático de un pasamontañas, ni abrazaba en la clandestinidad una bomba molotov, sino que se encendía con el reconocimiento de sus líderes, de profesores comprometidos y de una Universidad que en su legítima autonomía había decidido jugar del lado de sus estudiantes y no de su gobierno.
Casi desde el anonimato - no teníamos ante nosotros la simpatía y escrutinio de los medios de comunicación ni la fuerza de las redes sociales-, logramos que nuestra voz se escuchara a través del tiempo. La fuerza nos hizo perder la batalla esa tarde del 26 de septiembre de 1968, pero al final, el tiempo nos dio la razón.
Ese año fue paradigmático; había sido un año de cambios, cambios en la sociedad y en la universidad, cambios que empujaron por igual nuevos modelos educativos que a una huelga en julio que redujo el semestre a unas cuantas semanas de clases. Pero lo que perdimos en las aulas lo ganamos en las calles.
A punto de concluir septiembre, con el movimiento estudiantil a la alza en la capital del país, los dirigentes de los comités de huelga decidimos realizar una nueva marcha el día 26, misma que partiría de las facultades de Filosofía y Letras, -entonces en la calle de Juárez- y la facultad de Derecho, en la zona universitaria, para coincidir en la plaza Lerdo. En sólo unas horas, nos envolvió un vértigo de acontecimientos que aún hoy nos estremece.
Fue entonces que conocimos la fuerza del Estado. Desde palacio de gobierno, el Gobernador Fernando López Arias hizo una convocatoria urgente a los 40 principales líderes del movimiento estudiantil; la entrevista se convirtió en un monólogo de autoridad y fuerza. No hubo espacio para negociación alguna. La sentencia estaba dictada.
Entre las seis y ocho de la noche Xalapa vivió la peor represión de su historia. Dos millares de estudiantes y algunos maestros que participaron en la marcha, intentaban dispersarse en medio de una nube de gases lacrimógenos que los había tomado por sorpresa. El ruido de las botas y el golpe del tolete eran ensordecedores. La violencia absoluta del Estado infundió un temor desconocido.
Civiles corrían a esconderse a comercios y a la Catedral. Conforme se disipaba el humo lacerante se observaba a personas que intoxicadas o lesionadas se refugiaban en otros edificios cercanos. El uso de la fuerza fue la misma para todos, incluso para quienes no participaban de la marcha; no estábamos preparados para eso; nos replegamos y huimos en todas direcciones. Persecución y encarcelamiento fueron los saldos de esa noche.
Para la mañana de aquel fatídico 2 de octubre en Tlatelolco, Xalapa estaba intentando sanar sus propias heridas. Luego de rendir declaración preparatoria, la mayoría de los 71 estudiantes y maestros detenidos en el cuartel de San José –acusados de asonada, motín y desacato- obtuvieron su libertad bajo fianza, no sin antes recibir la advertencia que tenían que abandonar la ciudad, como ya lo habíamos hecho muchos otros.
Para todos aquéllos que estaban en libertad bajo caución, los efectos legales se cancelaron a la llegada del gobernador Rafael Murillo Vidal quien, como primer acto de gobierno, ordenó al Procurador Antonio Campillo se desistiera del ejercicio de la acción penal, lo que tuvo efectos de sentencia absolutoria. El expediente nunca llegó al archivo del Tribunal Superior de Justicia.
En cuatro décadas no se ha vuelvo a conocer tal nivel de organización social y de participación estudiantil arropando una misma causa. Tampoco se ha conocido de la fuerza absoluta del Estado trasladada las calles en forma de represión. En efecto, el movimiento feneció en unas horas pero su recuerdo nos acompaña siempre.
* Secretario del Comité de Huelga de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana en 1968; actualmente es Consejero de la Judicatura del Poder Judicial del Estado de Veracruz de Ignacio de la Llave.