+Columna de EDUARDO CORONEL CHIU, publicada en Diario AZ Xalapa y Veracruz.
Zona Centro
Eduardo Coronel Chiu - 2013-10-03
Como ya es tradición en el activismo social y político del país, el 2 de octubre no pasó desapercibido; la frase hecha de que ese día histórico no se olvida, con que se ha buscado la posteridad para los mártires civiles de la represión gubernamental al movimiento estudiantil de 1968, se hizo efectiva ayer -como cada año- con multitudinarias marchas en la capital del país, en muchas ciudades de la República, y dentro de ellas en nuestro estado.
De igual manera como ya se ha hecho común, la conmemoración quedo marcada por factores de coyuntura; y junto con los que sólo rememoran aquel acontecimiento y su proyección actual -los grupos de manifestantes de siempre, los sobrevivientes del remoto 68, y sus herederos en los ámbitos estudiantiles, 132 y otros-, se incorporaron los actores de la temporada, en esta ocasión dos notables; por un lado, el magisterio disidente con la reforma educativa para los que la marcha de ayer sólo fue una continuación de sus protestas que llevan casi un mes; y por el otro, los recién inventados, a partir de diciembre pasado, los autos llamados anarquistas que otra vez fueron la mancha de la violencia en las manifestaciones en la Ciudad de México.
En Xalapa por fortuna no hubo contaminación anarquistas; aquí la manifestación, aunque numerosa, plural y crítica, conbinada principalmente por el magisterio y los universitarios, se desarrolló de forma pacífica; sí con consignas y expresiones de rechazo a los gobernantes, pero sin agresiones a terceros (salvo la grafiteada que le dieron a las instalaciones del PRI a su paso), ni intervención policiaca.
En cambio en la Ciudad de México, el temerario grupo de los anarquistas, jóvenes encapuchados y violentos que causaron disturbios en comercios y atacaron a policías, acciones de franca provocación, como ya lo han hecho, infiltrándose en otras manifestaciones pacíficas para el desafíar a la autoridad. El saldo negativo de los anarquistas dejo el registro de varios enfrentamientos, 32 heridos y 102 detenidos.
La conmemoración no es excusa para saquear comercios ni atacar a las fuerzas del orden, pues el derecho a la libre manifestación consagrado constitucionalmente no permite obviamente ejercer violencia ni cometer delitos, por mucho que desagrade la función de guardianes del estado, además de que agravia y enloda a quines pacíficamente ejercen su derecho de reunión y protesta por los temas públicos.
Algo tendrán que ser los organizadores de las protestas para evitar la infiltración de grupos provocadores, cuya presencia es cada vez más frecuente, y las autoridades para detectar las manos que mecen la cuna anarquista.
A 45 AÑOS
La matanza de estudiantes ejecutada por el éxito el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, donde se desarrollaba una multitudinaria manifestación por libertades civiles, derogación del delito de disolución social e intromisión de fuerza pública en instalaciones universitarias, es un hecho clave en la historia política nacional contemporánea. La represión al movimiento ordenada por el entonces Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, en una cuestionable decisión de estado, supuestamente salvar al país de la conjura comunista y garantizar la celebración de las Olimpiadas, es reconocida por analistas e historiadores como uno de los puntos de quiebre del antiguo régimen autoritario.
Luego de la represión vino la apertura del sistema político para incorporar a nuevos actores y crear espacios de participación, y por ello se admite que el movimiento estudiantil de entonces fue uno de los actores que forzaron el cambio político hacia un mayor liberalización y a la entrada a un proceso de democratización, deficiente si se quiere, que alcanzar nuestros días.
Aunque en la pluralidad del país existen desacuerdos, hay malestar por las desigualdades y exclusiones y se critica el sistema político su falta de democracia real y una mayor eficiencia y honestidad en el gobierno, es innegable que no vivimos un autoritarismo como el de 1968. Las condiciones de libertades ciudadanas, principalmente las de expresión y reunión y el pluralismo político y sistema de partidos, la alternancia partidista en el poder y la fragmentación de éste, los equilibrios de hoy eran impensables en el remoto 68. Las consecuencias positivas de aquel movimiento, son de todos, por eso, no puede dejar de verse como un montaje de coyuntura la apropiación de la memoria histórica de una fracción de la actual disidencia que busca construir sus mitos fundacionales.
El cambio institucional pacífico y con base en decisiones de las mayorías, es decir, el modelo democrático, siempre perfectible, es el camino de la Nación; no el anarquismo, la ausencia de estado, donde cada uno ejerce su poder sobre el otro sin ningún límite, ley o autoridad superior, es, decían los clásicos, el estado de naturaleza, un estado de guerra donde el hombre es el lobo del hombre.