A raíz del desbordamiento del río Pánuco en 1966, y ante la falta de un organismo que acudiera en apoyo de las zonas afectadas, el Gobierno de la República giró instrucciones a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) de elaborar y aplicar una estrategia para garantizar la asistencia en el norte de la entidad; así nació y se implementó el Plan de Auxilio a la Población Civil, el Plan DN-III-E. Desde entonces, cuenta el coronel Santos, cuyo verdadero nombre omitimos por razones de protocolo, Veracruz comenzó a forjar una cultura de la protección civil, única en México.
Luego de iniciada la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Mexicano llevó a cabo una serie de modificaciones en miras de volverse un instituto armado moderno; entre ellas, la más importante fue implementar planes estratégicos para minimizar riesgos a la seguridad nacional.
Así nacen los Planes de Actuación, los cuales son modificados en 1966 para convertirse en los Planes de Defensa, que cubrían desde el caso de una guerra extranjera hasta una situación desastrosa entre la población; en este contexto se crea el Plan Director de Defensa Nacional No. III, el 18 de septiembre de 1965, del cual se desprende el anexo E con el título de Plan de Auxilio a la Población Civil en Casos de Desastre, conocido como DN-III-E.
Con el objetivo de coadyuvar en la seguridad de las personas, sus bienes y entorno, así como mantener la confianza de la población en la capacidad de respuesta, elementos de la Sedena asistieron a Pánuco para honrar su formación a través de valores como solidaridad, honor, valor, patriotismo y lealtad al pueblo mexicano.
Como un asunto de seguridad nacional, cuenta el Coronel, el Ejercito Mexicano empleó sus recursos humanos y materiales para atenuar los efectos de desastre y realizaron evaluaciones de afectaciones para delimitar las áreas dañadas, evacuaron a la población, establecieron albergues y proporcionaron apoyo integral.
“En esa fecha las tropas otorgaron alojamiento, alimentación caliente, atención médica, odontológica y psicológica, así como terapia ocupacional, y lo más importante: seguridad; también establecieron cocinas comunitarias y puestos de distribución de alimentos calientes para personas que no acudieron a los albergues”, comenta el Coronel.
Inés, la peor de las tormentas
El 15 de septiembre de 1966, sobre el desierto del Sahara, en el norte de África, y a finales de la temporada del monzón, se formó una onda tropical que se movió desde ese lugar hacia el oeste, impulsada por los vientos dominantes que la obligaron a salir de las costas africanas el 18 de ese mes.
Esta onda tropical comenzó a monitorearse vía satelital y pudo constatarse su evolución al grado de depresión el 21 de septiembre, mientras se movía en dirección de Las Antillas Menores; a pesar de que se mantenía débil fue seguida por aviones cazatormentas a través de mil 300 km al este de Martinica.
El fenómeno manifestó un comportamiento errático y fluctuante que lo desaceleró primeramente y la intensificó en pocas horas al grado de alcanzar la categoría de huracán el 26 de septiembre: Inés había nacido en las aguas del Caribe.
Tan sólo 24 horas después, el día 27, había alcanzado ya el nivel 3 en la escala de Saffir-Simpson, alcanzando vientos de 195 km/h; se dirigió a la Isla de Guadalupe en donde se estancó bajando de intensidad sus vientos a 80 km/h como máximo. Por sus características, los meteorólogos lo bajaron a la categoría de microhuracán.
Todos pensaron que se debilitaría al tocar tierra, sin embargo tras entrar de nuevo al Mar Caribe Oriental, reintensificó su fuerza reportándose vientos sostenidos de hasta 317 km/h al sur de Puerto Rico, a dos mil 400 metros de altura el día 28 de septiembre. Inés era ya un huracán de tipo 4. Tocó tierra el 29 de ese mes en la Península de Barahona y se debilitó, no sin antes afectar la península de Haití con vientos de 260 km/h y rápidamente se debilitó a vientos de 150 km/h.
Sin embargo, contrario a las expectativas de los meteorólogos, una vez más cobró fuerza sobre altamar y embistió las costas de la Bahía de Guantánamo con vientos de 185 km/h el 30 de septiembre; se estacionó en las tierras de Fidel Castro hasta el día 2 de octubre, cuando regresa al Atlántico.
Se debilitó y bajó su categoría a tormenta tropical con rumbo a las Bahamas en donde permaneció intensificándose lentamente. Fue catalogado como el movimiento meteorológico estacionario más largo registrado cerca de las costas estadunidenses. El 7 de octubre la tormenta tropical Inés sacude la costa norte de la península de Yucatán, un territorio en el que nunca se ven este tipo de contingencias y retoma la categoría de huracán.
El 8 de octubre Inés alcanza vientos de 220 km/h amenazando las costas de Texas pero finalmente se impacta el 10 de octubre cerca de Tampico, Tamaulipas, disipándose el 11 de octubre de 1966 en las tierras altas, provocando el desbordamiento de los ríos Pánuco y Tamesí sobre las tierras del norte de Veracruz y sur de Tamaulipas, contingencia sobre la que están cimentadas las bases históricas del Plan DN-III-E, que en aquella ocasión fue llevado al nivel operativo por primera vez.
Se estima que en el punto final en donde impactó el huracán, en el área de Tampico, fueron evacuadas 31 mil personas a las tierras altas con esfuerzos del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos; más de tres mil personas se quedaron incomunicadas, incluso atrapadas en las copas de los árboles; se perdieron caminos enteros alrededor de Tampico, se perdieron comunicaciones y suministro de agua; el huracán dejó a 84 mil personas sin vivienda, destruyendo al menos dos mil 500 casas y cobrando la vida de 74 personas.
La lección aprendida
Las inundaciones de ese entonces dejaron grandes lecciones para todos, pero sobre todo la experiencia de que la prevención es la mejor política de acción ante los desastres naturales. El Coronel explica que el concepto de la operación consiste en tres fases: prevención, auxilio y recuperación, aplicadas en todo tipo de fenómenos perturbadores como los geológicos, hidrometeorológicos, quimicotecnológicos, sanitarios o socio-organizativos, en coordinación con las dependencias integrantes de los sistemas de Protección Civil nacional y estatal.
Cuando se Activa el Plan se movilizan efectivos, vehículos, se instalan cocinas comunitarias y albergues, se manda maquinaria pesada, se distribuyen víveres, medicamentos, material de abrigo y artículos diversos. “El Ejército Mexicano ha participado incondicionalmente en la salvaguarda de los veracruzanos, siempre de la mano con el estado para lograr mayores y mejores resultados”.
Actualmente, el Plan DN-III-E establece puentes aéreos, terrestres y pluviales para transportar a sus tropas y abastecimientos; traslada a la zona de desastre células de sanidad, intendencia, transmisiones, tropas para patrullaje, seguridad y rescate, así como ingenieros con maquinaria pesada, herramienta y equipo.
El Coronel refiere que a través de simulacros, personal militar establece lineamientos para cumplir sus misiones ante los riesgos, las emergencias y los desastres que pudieran causar inestabilidad en el sistema político del país.
Los elementos de las Fuerzas Armadas privilegian sus valores al cumplir día a día, al interior de sus jurisdicciones, con la encomienda de tan prestigiada institución, que es defender la soberanía y proteger a los ciudadanos.
“La cultura de protección civil la ha hecho la experiencia. La experiencia ha dado a Veracruz algo muy importante: el poder vivir con prevención, y la gente se ha ido adaptando”, refiere. Además, dice, en el estado las personas ya saben qué hacer, por ejemplo ante la Alerta Gris preventiva, las familias se preparan, guardan cosas y están listas en caso de que se tenga que realizar una evacuación precautoria. Esta es la lección que dejó Inés, y Veracruz la aprendió muy bien.