Arrieros somos: TERMINARON LOS TIEMPOS DEL HOMBRE

+ Columna del C.P. Renato P. Vázquez Chagoya

Zona Centro

Renato P. Vázquez Chagoya - 2014-01-18

Apenas el sábado 11, aniversario del nacimiento de nuestro padre Palemón Vázquez Atilano, hable con César Augusto, mi hermano, que ya andaba inquieto, quizá presintiendo su partida.

El domingo en la noche, cuando ya viajaba hacia Coatepec, se me informó que la vida de César Augusto había terminado y partía hacia el corazón del mismo Dios.

No tuve ni tuvimos la capacidad de insertar en el Sotavento nota o información alguna de la familia para participar de su muerte. Mil disculpas. El sentimiento nos inmovilizo.

Recuento de hechos

Nacimos mis hermanos y yo en una familia favorecida con la bendición de Dios. A mis padres les dio amor sin límites y asÌ, como vivieron en el mejor de los sentimientos, procrearon diez hijos que respondieron a sus expectativas y creemos que hemos sido buenos seres humanos, con fallas humanas desde luego, pero en esencia respetuosos, de buena conducta y moralmente aceptados.

Nos dio Dios la capacidad de ser intelectualmente sanos y algunos brillantes, digamos, sobresalientes, como en el caso de César Augusto y de todos mis otros hermanos. No es uno m·s que otro. Todos somos iguales.

Nos dio Dios la fortuna de tener una vida plena y satisfactoria, que nos permite desarrollar nuestras actividades de manera libre y cercana a lo que m·s nos gusta y nos satisface. Y el resultado también ha sido satisfactorio, sin que lleguemos a acumular fortunas considerables, m·s que lo necesario para subsistir y atender nuestras necesidades familiares.

Tuvimos la suerte de desarrollarnos en un ambiente armónico, amoroso, con reglas bien definidas y, heredamos de nuestros padres su ejemplo, el respeto y la consideración de los demás.

De pequeños jugábamos siempre juntos, nos cuidábamos unos a otros. Desde luego que discutíamos y peleábamos; si no cómo se iba a desarrollar y fortalecer nuestro carácter individual. Y en todas esas escaramuzas aprendimos a querernos y a respetarnos.
Siempre en nuestras relaciones de hermanos hemos respetado las decisiones personales y nunca hemos invadido los ámbitos de autoridad de los otros, sin que eso implique dejarnos de querer. Aprendimos que cada quien tiene sus problemas familiares y que cada quien debe resolverlos, a menos que rebase sus capacidades y solicite la intervención de los demás.
Y hay un rasgo sobresaliente en nuestra familia: Nos admiramos unos a otros. Tal es este el precio del amor familiar.

La despedida

César Augusto quiso celebrar con sus hijos Zarina Abril y Julio César, su amada Magda y la familia de ella la Navidad. Cuando le pregunté por qué no celebraba la llegada del AÒo Nuevo, me contestó que ya no había nada que celebrar. Sin embargo, si celebró la llegada del Año Nuevo a su manera. Dijo que quería comer palomitas de maíz y gelatina y eso cenó con su familia. Estuvo con él también, gente que lo quería a profundidad.

Días antes, cuando supo que estaba enfermo de muerte, le visitaron en su casa sacerdotes, misioneros y médicos amigos, que le regalaron el don de la preocupación y la solidaridad de los deseos de recuperación. Hubo quien le llevó lo último en la detección de enfermedades y análisis cibernético del estado de salud de las personas.

Llegaron a su casa, no al lecho del enfermo porque César no guardó cama, sus amigos políticos, desde luego que políticos porque esa fue su pasión, a quienes conoció desde muy joven y con quienes abrevo las artes del servicio público.

Siempre estuvo de pie, intentando recuperar la salud y la vida. Lo intentó hasta lo último. Probó lo que le ofrecimos y lo que le recomendó la gente bien intencionada que le ofrecía una oportunidad más.

Y hasta el final recibió a sus amigos. Platicó con ellos, disfrutó de su compañía y recordó batallas pasadas y triunfos eternos de sus andanzas. De seguro que también lo animó recordar sus tropiezos y fracasos, porque de ellos también aprendió.

En una ocasión que viajé con mi hermano Fernando Arturo a verlo, ése me informó que una doctora de Minatitlán quería visitarlo. Imaginé que era amiga de César, porque hasta nos llevó en su automóvil, expuso a su mamita ya mayor a las incomodidades de un viaje apresurado y de ida y vuelta en menos de 24 horas. Llegamos y estuvo platicando con César largo y tendido, lo auscultó y le recetó medicamentos.

Luego de eso le pregunté a Fernando Arturo, que desde cuando la doctora era amiga de César Augusto. Fernando me dijo que la doctora no conocía a César, pero que se había ofrecido a intentar aliviar y curar sus males. °Cuanta generosidad recibimos con esa acción! Ella sabe a quien me refiero. °Gracia Doctora!

Cuando ya se realizaban las exequias de César Augusto, después de velarlo en su casa como Èl quiso, su ataúd fue llevado a la capilla de Rafael Guízar y Valencia, ubicada en la comunidad de Las Puentes del municipio de Coatepec, que César ayudó a mejorar. La gente expectante los vio llegar. Antes de que llegara el sacerdote, niños del kínder y de la primaria, sus padres y amigos, llenaron la capilla. Se celebró el rito católico de la misa. Al terminar la ceremonia religiosa, fue llevado el ata˙d a la carroza que los trasladarÌa al velatorio de Xalapa.

Antes de que la carroza partiera, la gente reunida, llorando le dedicó aplausos y porras.
En el velatorio de Xalapa, una señorita se presentó conmigo, diciéndome que había sido su secretaria cuando César fue diputado por el distrito de Cosoleacaque allá por 1995. Llorando, dijo que cuando terminó César sus funciones en la legislatura, se habían despedido y hace como seis años ella tuvo un problema, que César sin pensarlo le ayudó a resolver.

Y qué decir del cariño, del llanto y de los aplausos que en Minatitlán se le prodigaron a César Augusto, al despedirlo en la funeraria.

Diría usted que no he hablado de César Augusto, pero dígame usted si eso no refleja sus acciones y su manera de ser. Si eso no es el resultado de su trabajo, de su manera de tratar a sus semejantes y su manera humilde de ser. Dígame usted si eso no forma parte de su esencia humana, diría humanista, que trascendió a su propio círculo familiar y de amigos.

Las obras fueron muchas y poco el espacio. Quizá en un futuro podamos hablar extensamente de lo que César Augusto hizo en esta vida.

A los amigos de César Augusto

A quienes prodigaron cariño y consuelo a sus seres m·s cercanos, a sus hijos y a todos nosotros.

A las autoridades estatales, encabezados por el señor gobernador Doctor Javier Duarte de Ochoa.

A sus amigos, que siempre estuvieron y tuvieron para César Augusto palabras, acciones y muestras de apoyo.

A sus amigos petroleros encabezados por don Jorge Wade González, por Amadeo Blanco Chagoya y al comité local de la Sección No. 10 del STPRM.

A sus vecinos de Las Puentes del municipio de Coatepec, por el cariño que le manifestaron a la hora su partida sin retorno.
¿Cómo agradecerles?

Sólo hay una manera:
¡QuÈ Dios los colme de bendiciones!

Carta a Dios

Agradecemos Dios que nos hayas hecho una familia feliz y estable, de muchas maneras sana y fuerte.
Agradecemos también, que hayas dado a nuestros padres abundancia de amor.

Disfrutamos, porque asÌ T˙ lo quisiste, de la familia, que aprendiéramos a valorarla y a apreciarla, al grado de mantenernos unidos todo el tiempo.

Agradecemos que nos hayas dado todas las oportunidades para desarrollarnos, para crecer y para creer en lo que sentimos, y para ser lo que somos.

Agradecemos la oportunidad de haber tenido, de haber sido y de haber disfrutado a todos nuestros hermanos por igual, sin distinguirlos en nada.

Nos diste Dios todos los valores que a nosotros nos hizo buenos y mejores, que aprovechamos, porque hemos vivido a plenitud esas oportunidades.

Afortunadamente nos permitiste vivir físicamente en este numeroso y maravilloso núcleo familiar. Señalaste un tiempo para cada quien y cuando necesitaste de su presencia, decidiste llamarlos. Afortunadamente Dios, nos permites el consuelo del recuerdo.

Dios: No hay quejas. No hay reclamos. No hay protestas. No renegaremos por tus llamados. Tampoco cuestionaremos tus decisiones. Únicamente agradecemos la oportunidad que nos has dado de ser, de estar y de acudir a tu llamado.

Pero, Dios, en esto de llamarnos a tu lado, por favor hazlo despacio.

Gracias.

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