¿QUIÉN DECIDE QUIÉN ES PERIODISTA?

Columna sin nombre Pablo Jair Ortega www.columnasinnombre.com pablojairortegadiaz@gmail.com 7 de ENERO de 2014

Pablo Jair Ortega

Columna sin nombre

2015-01-07

(Dedicada a Julio Scherer)

Hace muchos años, en Acayucan, el dueño de un periódico local le decía a joven aprendiz de reportero: “Ahí está tu charola; vete a reportear”. Se refería a la credencial de prensa con la que se identificaría ante la sociedad como un trabajador de los medios de comunicación.

—Oiga, jefe… ¿Y cuánto voy a ganar?
—¡N’mbre! ¡Un chingo! ¡Con esa charola puedes ganar lo que quieras! ¡No necesitas que te pague un sueldo!

En pocas palabras, al novel periodista le decía su director que no necesitaba pagarle porque le había dado en las manos la oportunidad para “charolear”, mostrar influencia; cobrar ante los funcionarios y políticos una cantidad relativa a sus ambiciones. “Chayotear”, pues. Extorsionar.

Al paso de los años, el periodismo no tenía una formalización profesional. De hecho, todavía abundan los denominados “empíricos”: periodistas que aprendieron el oficio en la calle o al lado de periodistas con más experiencia, sin acudir a ninguna universidad o colegio. Con limitaciones, pero al final de cuentas trabados en este rollo de los medios.

A la generación que pertenezco, algunos académicos siempre decían que los “empíricos” eran algo así como lo peor que hay en periodismo, porque no tenían formación, distorsionaban el oficio, entre otras “atrocidades” más; los más prudentes eran más realistas: no es lo mismo aprender en las aulas que en el campo… “Si vas a ser periodista, tienes que ir a la calle a romperte la madre, porque todos los 4 años que gasten de colegiatura tus padres en la universidad, allá afuera no sirven para nada”.

La carrera de Periodismo relativamente es joven en comparación a las tradicionales y clásicas carreras de Medicina, Ingeniería, Arquitectura o Derecho. En la Ciudad de México, se fundó la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García” el 30 de mayo de 1949; en la Universidad Veracruzana, la actual FACICO (Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación) fue fundada como Facultad de Periodismo el 22 de febrero de 1954. Cientos de estudiantes han egresado de allí, así como de varias universidades privadas que empezaron a proliferar en los años 90, por un auge que no ha expirado desde la década de los 80. De hecho, Comunicaciones vendría a ser como la carrera “fresa” del momento, donde los aspirantes a salir en la tele, ser bailarines, actores, locutores y hasta modistos, buscaban el escaparate de las carreras técnicas o industriales. Lo que en su momento fue la abogacía o la medicina, el mismo auge tuvo estudiar LCC.

Este apogeo en Comunicaciones, en opinión de un servidor, no ha terminado: generaciones tras generaciones de nuevos periodistas siguen saliendo de las aulas con formación académica. Son pocos los que realmente sobreviven a este oficio y sólo los mejores perduran. El camino que elijan, la fuente que cubran, el estilo que adopten, va sobre la marcha.

La realidad es que para medios de comunicación hay una pesadilla en común: cuando inicias en este oficio, aspiras en grande a tener un buen salario, pero el título universitario sólo sirve para colgarse en la pared. Aquí sólo se demuestra talento, nada más.

Pero esas aspiraciones, legítimas, contrastan cuando te enteras que tus primeros centavos son pocos; ganas apenas para comer y trasladarte en el día; que tendrás que pedirle a tus padres que te esperen un poco más en la casa o te sigan pagando el departamento. Que tu primer raquítico salario como periodista es una ganga, pero te conformas con ver tu crédito en el impreso, escuchar tu voz en la radio o verte en la televisión.

Moisés Sánchez Cerezo es de esos empíricos que quizás no aspiraba al glamour de los medios. Hizo lo que todo ciudadano quiere hacer: ser escuchado por encima de la negativa de conductos oficiales o periodísticos por reflejar la realidad de lo que acontecía en su comunidad. Como seres humanos, siempre tendremos inquietudes que dar a conocer y tendremos los obstáculos para expresarlo: podríamos llevar una carta a la redacción de un periódico, pero si ésta va en contra de los intereses de la empresa, sencillamente no pasa. Incluso el periodista tiene que lidiar diariamente con este escenario de censura.

Los más inquietos, incluso desde la juventud, crean periódicos locales en sus secundarias o preparatorias porque sienten esa necesidad primaria de expresar, dar a conocer algo o todo. Los más visionarios, al pasar de la edad de la punzada, crean periódicos o panfletos para su pueblo.

Últimamente los medios de comunicación se han contaminado por los intereses políticos. Son contados los empresarios periodísticos o periodistas que fundan medios y aplicar técnicas para decir la verdad. Detrás de cada proyecto periodístico, hoy en día, no podemos negar que atrás exista un interés --mínimo-- como el de llevarse bien con el presidente, gobernador o alcalde en turno. Los más son proyectos más perversos: políticos metidos a empresarios periodísticos porque tienen intereses rudimentarios: mamar del presupuesto, atacar a sus enemigos o vanagloriar a los amigos.

Por eso es que ningún político tiene la calidad moral para decidir quién es periodista y quién no lo es. Tan determinante es lo anterior, que los mismos políticos se burlan del gremio al subir como periodistas a farsantes con cámaras de dos pesos que los extorsionan por 50 pesos. Para el político veracruzano, resulta que los periodistas son algo así como “La Tiliches” que anda metida en todos lados en Xalapa.

Por eso, en reciprocidad, los periodistas vemos como farsantes a los políticos, porque en esencia no lo son: no sirven al bien común.

Moisés Sánchez Cerezo podría decirse que a lo mejor no era un periodista formado en las lides de una facultad; que no vivía del periodismo quienes sí dependemos totalmente de lo que redactamos. Que tenía una tienda de abarrotes o era taxista porque este oficio, si se aplica con honestidad pulcra, da poco para sobrevivir, aunque, respetuosamente, diría que bien podemos vivir decorosamente del trabajo periodístico, sin necesidad de desviarnos del oficio.

Es decir, el periodista, sí realmente es periodista, vive apasionadamente su trabajo al grado de que éste lo cela, lo limita en su vida personal. Creo que sería difícil dedicarse a otra cosa, porque el periodismo se vive desenfrenadamente y se sabe de los riesgos del oficio: pensar que no hay consecuencias sobre lo que se escribe, es creer ingenuamente que vivimos en una democracia plena.

Este miércoles murió el más grande periodista de México, Don Julio Scherer García. Alcanzó a Regina Martínez, la mejor de todos nosotros en Veracruz. El semanario Proceso que fundó, detalla una frase del viejo periodista que debe ser la enseñanza para las nuevas generaciones de reporteros y reporteras trepados en la soberbia pedorra y la vanidad de las redes sociales: “Mi condición de periodista me obliga a la imparcialidad, difícil de sostener en la doble condición de mediador y cronista de los acontecimientos que vivimos. Debo, pues, cumplir exclusivamente con las reglas de mi profesión”.

Y por eso creo que Moisés Sánchez Cerezo no era periodista: no podía tener esa doble función como activista y reportero. Pero tampoco creo --quiero pensarlo así-- que su objetivo en la vida haya sido convertirse en víctima. Era un ciudadano preocupado por lo que acontecía en su ambiente; alguien que pasaba los tips a periodistas; alguien que por momentos difundía lo que pasaba en su diario acontecer, porque tenía que manejar un taxi o atender una tienda de abarrotes para vivir.

Y no, no degradamos su modus vivendi alternativo. Su desaparición pesa, como la de muchos que no han regresado a casa, porque es un ser humano que fue arrebatado de su familia con violencia.

Pero igual no soy quien para decidir quién es periodista. Sólo creo que queda el trabajo para hablar por sí mismo de cada quien.

Aunque hoy es más fácil para unos pocos con reverberación, irresponsablemente crear mártires y crear causas en un Veracruz donde no basta soñar: hay que vivir la realidad.

Vivir entre los sueños, es como navegar a la deriva buscando reflectores de los faros, en un oficio donde sólo se debe observar y relatar la simple cotidianidad. Así nomás como Scherer.