Sobre la Avenida Cinco de Mayo se extienden algunas camionetas de la Policía Naval mientras a lo lejos, en el cielo, un rayo de luz se proyecta desde el Ayuntamiento de Veracruz. Es el preludio a la quema del mal humor por motivo de las fiestas del Carnaval de Veracruz.
La tristeza en ésta ocasión será la víctima.
-Échale ahí, échale ahí –dice un muchacho con playera del América y pantalón de mezclilla a otro refiriéndose a la cerveza en pleno zócalo veracruzano-.
-Ya vas carnal, ahí te va toda –responde en tono albúrico el interlocutor-.
Mientras te adentras el bullicio enardece, y los cuerpos te absorben con su peculiar olor de sudor y baile. En el ambiente descollan vendedores tratando de expender globos enormes con leyendas sobre el amor y la amistad. El 14 de febrero es una metáfora al buen humor.
Por un lado se venden caguamas a treinta pesos, y por el otro, la gente hace fila para comprar una, no hay motivo para divertirse, sólo es eso, “divertirse como sea” dice José, quien está soltero y viene a ver “qué cacha”.
Atrás de la hielera de marca Sol, policías estatales están aletargados mirando y mirando, buscando signos de violencia o algún altercado en donde puedan intervenir pero sólo encuentran alegría. Los chiflidos a cubeteros no se hacen esperar tampoco, el calor sofoca y hay que atenuarlo con caguama.
A un lado, un hombre le dice a una mujer.
-Ésta noche será la mejor noche de toda tu vida y de eso yo me encargaré.
La mujer se ruboriza al escucharlo y lo besa.
En el estrado, el personaje de telenovela María de Todos los Ángeles lanza su petición para que haya paz y tranquilidad en el Carnaval, para que todo sea fiesta y no haya enojos.
Abajo, la gente pasa con rostros estresados y como de enojo, como sinónimo a la paradoja de la realidad que se desenvuelve en dos lugares paralelos, el estrado y el público.
Después de la intervención, los integrantes del equipo de los Halcones Rojos pasaron al estrado para mostrar el trofeo del Campeonato de Baloncesto Nacional que acababan de ganar a los Toros de Nuevo Laredo.
Los aplausos no se hicieron esperar como tampoco las miradas absortas de unos cuantos que no sabían quiénes eran y qué era lo que habían ganado. A lo lejos sonido de trompetas y juego de luces adornaban el trofeo y el equipo.
Mientras las ovaciones a los jugadores transcurrían en una parte del público, al otro lado unos se preguntaban, ¿A qué hora empezará esta madre?, otros reclamaban, ¿Pues no que empezaba a las nueve?
A las nueve con cuarenta y dos minutos, el orador principal de los eventos del Ayuntamiento dejaba el micrófono a los conductores Juan José Ulloa y Dora Luz Ortiz.
¡Que se escuche el escándalo de los que quieren quemar el mal humor! Dijeron ambos al unísono para ser seguidos de aplausos y chiflidos como un ejemplo de la lucha del público para ver quién grita más fuerte.
Después se leyó la Proclama de Juan Carnaval a cargo del decimista Félix Martínez, quien fue abucheado por un grupo de personas cerca de las gradas de honor por motivo del retraso del evento. Una vez terminado el discurso, un señor con un chaleco industrial subía a dar los últimos retoques para quemar el mal humor, personificado como la tristeza.
La tristeza era una cara afilada y triangular, vestida al estilo de un preso con un uniforme blanco con negro. Su rostro era pusilánime y opaco de tonos grisáceos y blancuzcos.
Y fue a las diez con veintidós minutos cuando la tristeza empezó a expedir un humo hasta prenderse a sí misma. Una tristeza que se quema como metáfora perfecta al olvido de un Veracruz tan violento y tan callado.
¡Hemos quemado la tristeza!, dijo el conductor mientras se mezclaban dos tipos de simbolismos: Por un lado la tristeza volviéndose cenizas y las cenizas de confeti volviéndose alegría. Perfecta analogía del 14 de febrero que siempre se halla entre la tristeza y el amor.