La única ventaja que podemos encontrar en la visita de fin de semana a Guanajuato del Papa Benedicto XVI, los no creyentes en divinidades y milagros, es su brevedad.
Vino, actuó y hoy parte a Cuba, dejando atrás, para la recreación en la memoria y la explotación en documentales su fugaz paso por nuestro México en 2012. Su Santidad, como gustan llamarle sus fieles, en nada habrá cambiado la realidad del país, que como sabemos está plagada de desigualdades e injusticias, pobreza, violencia y muerte, los jinetes del Apocalipsis frente a los que el Estado Mexicano se ha mostrado incapaz de combatir, y a la que sólo los ingenuos creen posible modificar sólo con rezos o mensajes de fe y esperanza.
Como líder religioso Benedicto XVI fue un espectáculo de masas. Sus desfiles en el Papamóvil blindado recorriendo las abarrotadas calles de Guanajuato, conmovieron a los beatos y a quienes fueron poseídos del fervor religioso manipulado por los medios de comunicación. Sus apariciones al balcón para dirigir sus mensajes y la megamisa oficiada en un estadio para más de 600 mil asistentes entre devotos y buscadores de votos. En paralelo, los negocios en la venta de souvenirs, el alquiler de los balcones, las habitaciones y alimentos de los peregrinos.
El discurso del Papa, arcaico como su religión milenaria, no obstante sus referencias a la problemática social sigue anclado en contextos ideologizados que enmascaran causalidades histórico sociales y promueven abstracciones, como la bondad y la fe o la práctica de los evangelios, como vías de solución. En sus mensajes el Papa pidió, pidió y pidió y ofreció rezar, rezar y rezar. Por «desenmascarar al mal del narcotráfico en México» (¿acaso una de las caras de satán?) origen de la ola de violencia que vive el país, donde decenas de miles de personas han muerto en los últimos cinco años (casualmente el periodo de la presidencia de Calderón) por las víctimas de la violencia y ofreció rezar «a dios y a la virgen de Guadalupe» especialmente por los que sufren a causa de antiguas y nuevas rivalidades, resentimientos y formas de violencia, a lo que su contraparte, el presidente de la República (laica, pero con la dispensa en fin de semana), Felipe Calderón, le dijo que «México ha sufrido mucho, pero está de pie». En otra de sus intervenciones «el Sumo Pontífice» exhortó a proteger y cuidar a los niños, en particular a los que sufren de violencia, abandono y hambre, «para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza», pero excluyó toda mención de las víctimas de la pederastia clerical y tampoco recibió a los demandantes del padre Marcial Maciel, el fundador de los legionarios de Cristo, caso emblemático en México de encubrimiento, inclusive de la misma Santa Sede. También llamó a los obispos a ponerse de lado de los marginados, la misma retórica de la iglesia institucional aliada con el poder político y las clases dominantes, y no faltó el detalle, sacado del repertorio de anterior Papa (Juan Pablo II) de llamarse mexicano y ponerse su sombrero de charro bordado en hilo chapeado en oro, acompañado de música de mariachis, la infaltable Cielito Lindo.
Efectos políticos
Siendo el Papa un político, es jefe de Estado y líder religioso, y Felipe Calderón presidente de la República y en campaña como jefe de su partido político, es evidente el sentido político de la visita papal. Entre los objetivos terrenales de la agenda, por parte del Vaticano, la recuperación de la clientela en declive en América –y en México como población católica más importante del continente– además de impulsar las reformas en materia religiosa –frente al laicismo, y otros temas de moral católica debatidas en las leyes nacionales (aborto, matrimonio homosexual)–, y por parte de Felipe Calderón, congraciarse con la jerarquía del clero e intentar ganar alguna popularidad al asociarse como «promotor de la fe católica» en México. La religión católica, se recuerda, es una de las fuentes ideológicas del PAN.
No es posible calcular ahora la incidencia que tendrá la visita del Papa en las elecciones del 1 de julio. Aún está muy lejos, en tres meses la agenda electoral se mueve muy rápido, además de que, por convicción propia o por conveniencia, todos los candidatos registrados a la Presidencia de la República, acudieron ayer fervorosos a recibir la bendición papal. La más mocha, Josefina, presumió de profesar públicamente el catolicismo, como si eso la hiciera mejor candidata, Enrique Peña Nieto, dio gracias por ir muy arriba en las encuestas, pero ofreció practicar su fe en privado, Gabriel Quadri fue a pedir un milagro, que ya rebase el 1 por ciento, y el amoroso Andrés Manuel López Obrador, iluminado por la visita de Benedicto XVI, dijo ya haber perdonado a Felipe Calderón, que le robó la elección en 2006, y, en lo que fue el milagro político del día, hasta se saludó en la misa con el ex presidente Vicente Fox. Se dieron la paz.
Comparten el pan en el PRI
Como calentamiento para el arranque de las campañas puede verse la celebración del cumpleaños del candidato del PRI al senado por primera fórmula, José Francisco Yunes Zorrilla, ayer en el rancho Normandía, en Perote. El festejo congregó a una selección de la clase política priista, dirigentes del Comité Estatal, diputados locales y federales, candidatos, secretarios de despacho del Gobierno del Estado y algunos presidentes municipales. El espaldarazo mayor para Pepe Yunes fue la asistencia del gobernador Javier Duarte de Ochoa.
Aunque no fue un mitin de campaña, dadas las reglas de la veda electoral, que impide realizar actos de promoción de candidatura y del voto hasta el próximo viernes, la reunión en Perote fue un encuentro de amigos, que además militan en el mismo partido y tienen el objetivo común de ganar en las elecciones que vienen.