*Para mi amiga María Luisa, lectora que me deletrea en voz alta
*“Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica”
Denise Dresser
Zona Centro
Eduardo de la Torre Jaramillo - 2012-04-12
Desde Samuel Ramos, Octavio Paz, Jorge Cuesta, Roger Bartra, Ikram Antaki, Jorge Castañeda, y Denise Dresser han definido que el mexicano en su mayoría está lejos de la modernidad.
Por modernidad se entendieron cuatro procesos históricos que se desarrollaron particularmente en Occidente: a) el ser humano como el centro del universo, b) el nacimiento de la crítica, c) la secularización de la sociedad, y d) el uso de la racionalidad instrumental; aunque últimamente en el Viejo Continente se discuten las diversas “modernidades”, como la italiana en Florencia, que produjo hombres de la talla de: Miguel Ángel, Dante Alighieri, Nicolás de Cuza, Tomás de Campanella y por supuesto Nicolás Maquiavelo, en fin, podría seguir con otros países pero no es motivo de este artículo.
Por ejemplo, para el poeta Octavio Paz, quien a lo largo de sus ensayos políticos fue desmenuzando el laberinto político mexicano hasta llegar a proponer que la salida al país era la democracia (un modelo que no pudo implantarse, basta ver la recesión democrática que padecemos, esto porque México no es un país de ciudadanos, si no de intereses), aquel que siempre vinculó a la política con la moral, para motivos de este artículo transcribo lo que escribió:
“Si la política es una dimensión de la historia, es también crítica política y moral…La crítica: el ácido que disuelve las imágenes. En este caso (y tal vez en todos) la crítica no es sino uno de los modos de operación de la imaginación, una de sus manifestaciones. En nuestra época la imaginación es crítica. Cierto, la crítica no es el sueño pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones. La crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. La crítica nos dice que debemos aprender a disolver los ídolos: aprender a disolverlos dentro de nosotros mismos (el subrayado es mío). Tenemos que aprender a ser aire”.
Paz hace una invitación muy kantiana “atreverse a ser mayores de edad”, recordando ese breve ensayo “¿Qué es la Ilustración?” de aquel, esto apunta a la construcción de la ciudadanía en la adultez (por eso es el aprendizaje en su segunda vuelta), y por supuesto que el odioso comparativo (“como México no hay dos”) se fue delineando a través de la historia europea de la modernidad.
Continuando con la misma línea de ideas, en el caso de Ikram Antaki, ella escribió como Polibio de Arcadia un ensayo que llevó por título “El pueblo que no quería crecer”, allí bajo ese pseudónimo, escribió: “…y los mexicanos. Se sienten agredidos. No comprenden. No aceptan lo que ven. Se sitúan en la recepción de una multiplicidad de mensajes como si recibieran toda la biblioteca del viejo mundo en un solo libro que se llama a sí mismo modernidad. Y como no logran leerlo, se retiran y dejan el mundo”.
De esto último, por ejemplo escucho de manera coloquial y muy repetida la expresión “esa es una crítica negativa, realiza una crítica pero que sea positiva”, sinónimo del desconocimiento que es la crítica, ésta se ocupa de la verdad (nuevamente recurro a Kant); inclusive, los mexicanos que somos muy dados a inventar historias, cuando escuchan una crítica dicen: “Sancho, si los perros ladran, es sinónimo de que avanzamos”, ésta frase es realmente inexistente en “El Quijote”, como muy pocos han leído completa esa novela, casi por 500 años ha existido la confusión con una pequeña novela de Miguel de Cervantes Saavedra que lleva por título “El coloquio de los perros”.
Si conecto lo anterior con la educación en este país, aquí es pertinente citar a Denise Dresser cuando reflexiona sobre los mexicanos: “Víctimas de una escuela pública que crea ciudadanos apáticos, entrenados para obedecer en vez de actuar. Educados para memorizar en vez de cuestionar. Entrenados para aceptar los problemas en vez de preguntarse cómo resolverlos”.
Quizá por eso que a los mexicanos no les gusta el conflicto, inclusive a los críticos, eufemísticamente les llaman “conflictivos”, aquí Jorge Castañeda, opina que:
“La aversión mexicana por el enfrentamiento surge entonces de una combinación de estos cuatro factores: 1) el miedo de que todo conflicto conduce directamente a la violencia, particularmente en una sociedad proclive a la agresividad; 2) la creencia de que después del altercado no hay reconciliación posible; 3) la convicción de que cualquier confrontación es en última instancia inútil; 4) la negación de proposiciones binarias y del principio del tercio excluido. Pero la renuencia al conflicto también constituye una consecuencia directa de la identificación con la víctima. El ejemplo más extraordinario del mexicano que evade sistemáticamente la confrontación, tanto porque refleja indudables rasgos nacionales como porque se le identifica como el mexicano típico, es por supuesto Cantinflas”.
Finalmente en el país el disenso indispensable incomoda; es visto como peligroso, desestabilizador, antipatriótico, antipartidista, y hasta enfermizo, por lo tanto, la invitación de Octavio Paz a dejar de ser ciudadanos imaginarios para convertirse en ciudadanos plenos, ya que en este momento que atraviesa el país, es el único camino ante la crisis de la política nacional, y de una cada vez más probable regresión autoritaria.