Nada más cierto para Andrés Manuel López Obrador, el candidato a la Presidencia de la República de la coalición PRD-PT-MC, que no es lo mismo Los tres Mosqueteros que 20 años después. Aunque aquí sólo sean seis años de distancia, su actual campaña electoral dista enormemente de la percepción que se tenía en la pasada elección presidencial en la que se quedó a menos de 1 por ciento del triunfo, vencido por Felipe Calderón haiga sido como haiga sido.
El desgaste de su oposición al reconocimiento al ganador de entonces y su protesta callejera ostentándose como el presidente legítimo, pero sin poder real, junto con el abandono de la clase política de izquierda que se acomodó al nuevo régimen, lo hicieron refugiarse en un movimiento ciudadano de reducida fuerza, desde donde pudo conseguir la candidatura de la coalición que ahora lo postuló, pero en condiciones muy remotas de alcanzar en esta segunda intentona la Presidencia de la República.
No viene esta vez de gobernar el DF, ni el PRI lleva un mal candidato, como lo fue Roberto Madrazo Pintado, ni está dividido como entonces, y por el contrario, este partido controla la mayoría de los estados; además de que el PRD ha caído electoralmente en la república –con excepción del DF, que gobierna desde 1997, ha perdido importantes plazas, como Baja California, Zacatecas y Michoacán, aun cuando mantiene el control en Guerrero y Chiapas, y co-gobierna con el PAN en Oaxaca y Puebla.
En 2006 AMLO era el favorito, pero dejó ir la oportunidad, La Mafia le robó la presidencia, alegó, pero lo cierto es que hoy tiene entre la población una escasa percepción de triunfo, muy distante del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, y disputando el segundo lugar con la decadente candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota.
Poco ha conseguido con su nuevo look político: la moderación de su discurso para acercarse a los grupos de poder económico, la devoción con que acudió a la misa del Papa Benedicto XVI, la incorporación de mensajes políticos de connotación religiosa, no tomados en serio, la república amorosa, y la propuesta de medidas simplistas para resolver los problemas nacionales, mezclados con apelaciones al pueblo y de encabezar el cambio verdadero. No se equivoca al colocarse frente al candidato oficial –Josefina Vázquez Mota– representante del continuismo del PAN, que afronta la inconformidad de la población en 12 años de resultados precarios en todos los aspectos de la gestión pública, como uno de los portadores del cambio. Sin embargo, Enrique Peña Nieto, igualmente con el rol del retador al grupo en el poder, lo rebasa ampliamente, con una estructura política más poderosa y una imagen de triunfo, percibida por la población, mucho mayor.
El discurso de ayer de López Obrador provoca escasa emoción. No tanto por las situaciones que denuncia que son de sobra sabidas –la corrupción en el sector público, la pobreza y el costo de la energía, democratizar los medios electrónicos de comunicación entre otros, sino por la poca viabilidad de las propuestas. Está bien que en tiempos de campaña llueven las promesas al electorado, pero suena irrealizable la oferta de AMLO. El guardián del dinero que sería, tiene un plan sencillo y trascendente: del presupuesto federal de 3 billones 700 mil millones, «vamos a ahorrar 600 mil millones desde el primer año», sólo impidiendo la corrupción. Ofreció medios de comunicación masiva para todos –sin expropiar a ninguno– para usar su nuevo vocabulario, políticamente correcto. Entre las gangas no faltaron las gasolinas baratas y una baja tarifa de luz (¿de dónde saldrá el subsidio?), en su anterior gira ofreció construir 5 refinerías, ¿con qué ojos?
DE PICADA EN VERACRUZ
En el mitin de ayer en Xalapa AMLO estuvo acompañado de sus aliados locales del PRD, PT y MC, antes Convergencia, una pandilla de perdedores, un grupo político sumamente disminuido que ha visto pasar sus mejores tiempos. Esta pulverizada fuerza no ha visto la suya desde hace seis años.
En 2006 AMLO ganó las elecciones presidenciales en Veracruz, había entonces el efecto López Obrador, y su oleada alcanzó para ganar también la mayoría en el Senado, acreditó dos senadores y ganaron en 4 distritos electorales.
Desde hace seis años, estas organizaciones no han ganado un distrito de mayoría. Ninguno ganaron en las elecciones federales intermedias de 2009, ni en las locales de 2010; perdieron en la elección de gobernador en todos los distritos electorales para diputados y en la mayoría de los ayuntamientos. En una década el PRD y sus aliados cayeron de ser la segunda fuerza a la tercera de tres.
En el actual proceso electoral, sus partidos aliados (PRD-PT- MC) padecieron no sólo pugnas internas, sino dificultades para conseguir candidatos a los cargos de elección.
Sólo la presencia del candidato a la Presidencia hizo el milagro de que se asomara al estado Dante Delgado Rannauro, actual senador y candidato perdedor en la elección para gobernador en 2010, dueño del partido Movimiento Ciudadano (antes Convergencia).
El otro senador, Arturo Hérviz, en el descrédito por haber sido promotor de fraudulentos créditos a la vivienda, no se vio, pero sí su pareja Jazmín Topete. De no ser por este acto, tampoco se habría sabido de los candidatos, Uriel Flores, por Xalapa, ni de los candidatos al Senado, Enrique Romero Aquino y Margarita Guillaumín.
A como van las cosas, ausente en el actual proceso el efecto López Obrador, tienen asegurado el tercer lugar, y muy posiblemente les metan zapato en todos los distritos electorales.