NAOLINCO: Susana Vázquez, madre, artesana y orgullo veracruzano

La alfarería se ha transmitido de generación en generación en su familia desde hace casi 200 años

Zona Centro

COMUNICADO - 2012-05-14

A sus 28 años y madre de una pequeña, Susana Vázquez Hernández es un orgullo para su pueblo, San Miguel Aguasuelos, Naolinco, ya que representará a Veracruz en la categoría de arte popular para obtener el Premio Nacional de la Juventud, y no por una pieza, sino por su exitosa trayectoria que comenzó cuando apenas tenía 17 años.

Susana es una chica de pueblo, no hay en sus palabras vanidad ni soberbia por su éxito, sino mucho orgullo. Cuenta que la alfarería está en su sangre, pues se ha transmitido de generación en generación desde hace casi 200 años. “Todos en mi familia son alfareros, desde mi bisabuela, quizá desde antes”.

Un viaje a través del barro

Desde muy niña comenzó su viaje con el barro y con la alfarería. “Estaba muy chiquita, al principio era como jugar, pero lo bueno es que a mi mamá no le molestó que lo tocara, había muchas mamás que decían no toques el barro, eso es sucio. Ella no, siempre nos decía, aprende a hacer tus figuritas, mejor háztelas tú, te las horneamos y juegas con ellas. No me reprimieron ni me limitaron para trabajar”.

Sobre todo, dice, su gusto por la alfarería nació por la curiosidad, cuando veía a sus compañeras hacer figuritas, moldeando el barro. Un día, “una compañera me dijo ¿no quieres ir a vender a Veracruz? Tenía como 16 años. Fuimos, y todas las piezas que me llevé las vendí, y me di cuenta de que tenía que ir mejorando mi trabajo”.

Cuenta que había concursos infantiles, “allí nos decían que participáramos, y así hasta que fui creciendo, y conforme fui avanzando vi cómo las otras señoras hacían sus piezas con más detalles, eso me llamaba mucho la atención, y me dije, yo tengo que aprender a hacer cosas así, más detalladas, con más grados de dificultad”.

Un día, a los 17 años, le llegó su gran oportunidad: la Dirección de Arte Popular fue a su comunidad y la invitaron a un concurso, en la Ciudad de México. “Me acuerdo que teníamos que llevar nuestras piezas y le dije a mi papá, pues tengo que ir. Pero tú nunca has ido por allá, me dijo, te vas a perder, luego dicen que allá asaltan. Yo le dije, no me da miedo, sí me voy”.

“Llegué, entregué mi pieza, y a los ocho días que me hablan, no pues que ganaste. Fue el primer premio nacional que obtuve, tenía como 17 años. Mi pieza era un nacimiento chiquitito, y cuando me hablaron, yo les dije, fíjense bien, porque voy a hacer el viaje y qué tal si no es cierto, y quién me va a reponer mi dinero”, recordó soltando una sonora carcajada.

Fue en ese momento, al recibir su diploma y su premio, que Susana supo: la alfarería sería el camino que recorrería hasta que su piel se arrugue. Allí comencé a motivarme, narra, porque vi el trabajo de artesanos de otros estados, “me dije: tengo que pulirlo más, trabajarlo más, hasta que se vea más bonito, y así fue. Siempre he tratado de mejorar, y si no me salió bien, en la próxima pieza tendré que corregirlo”.

Los nacimientos, su pasión

Sobre su vida de alfarera, cuenta que el barro le trae siempre un sentimiento “muy bonito, de que uno tiene el don o la facilidad para poder elaborar una pieza a la forma que uno quiera, al tamaño que uno quiera, con los detalles, los pastillajes o las pinturas que a uno se le va dando en la imaginación”.

Sin embargo, de entre todo el universo de posibilidades, la pasión de Susana son los nacimientos. En el concurso Grandes maestros del arte popular ganó en esa categoría, en el Arte del gran premio, dos galardones, igualmente con sus nacimientos, y en Tlaquepaque, Jalisco, obtuvo dos premios en certámenes de cerámica navideña.

Explica que los nacimientos de concursos son más elaborados, pues se tienen que hacer todos los personajes, “hacer una escena del camino de todos los pastores que van a ver al niño Dios”. Susana tarda entre dos o tres meses para hacer uno, “porque es ir pieza por pieza. El año pasado fueron 250 piezas de 10 centímetros, con un iglesia grande, como de 70”.

El proceso del barro

“Primero, lo que hacemos es poner a secar el barro, porque viene en piedra. Se expone al sol, se muele, después tenemos que cernirlo, luego con agua empezamos a amasarlo, se espera más o menos como un día para que no quede martajado, para que al momento de amasar quede lisito. Con eso se empieza a trabajar la pieza”, así explica la artesana el proceso que lleva cada una de sus piezas.

“Hay piezas que se tardan un día en levantarse. En las iglesias nos llevamos un día para que los cubos vayan fraguándose, y ya que queda todo armado empezamos a detallar. Después de eso tenemos que esperar a que seque la pieza y empezar el proceso del alisado y de pintado, y ya por último es la quema. Si es un horno chico son seis horas, si es un horno grande son ocho. Hoy horneamos y mañana sacamos las piezas”.

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